Me alegro de que te gustara el té de hibisco. Es una de las especialidades de esta casa, como estas pequeñas albóndigas de pollo en salsa de cebolla silvestre. Mientras tú las saboreas sin prisa, te cuento por qué mi padre eliminó la guindilla de la receta.

Pero antes debo aclararte que, pese a la victoria en Adua del rey Menelik II sobre las tropas italianas, el ambiente político seguía enrarecido. Los europeos se mantenían muy cerca, en la vecina Eritrea, con su orgullo nacional profundamente herido. Al contrario que el nuestro, más elevado que las cumbres de Simen y enaltecido con barbaridades tales como el considerar enemigo a cualquiera que sorprendieran comiendo espaguetis. Tal era el odio contra los derrotados enemigos.

Durante ese tiempo, murió mi abuelo Badoglio por el picotazo de un escorpión. Todo lo que dejó a mi abuela Abellese fue una pequeña plantación de café, entre las ruinas del palacio de Makeda, y un niño de cuatro años correteando por las calles de Aksum, llamado Eshetu.

Mi abuela, aunque tigriña, era menospreciada por buena parte de los aksumitas, por el “imperdonable” hecho de haberse casado con un soldado italiano. ¡Ella, que había ayudado a nuestros bravos guerreros en la campaña de Adua, reponiendo sus fuerzas, aumentando su resistencia al dolor, incluso sanando algunas heridas mediante cataplasmas, tisanas e infusiones! Buscó pasar desapercibida o bien enfrentar los menosprecios, siempre parapetando al pequeño Eshetu detrás de ella, apartándole de un conflicto del que no tenía culpa…

Tres cosas ocupaban su quehacer diario: atender los “cafetos de Makeda”; mantener bien surtidos los platos de los clientes que venían a casa, convertida en comedor público cuando la guerra acabó y las infusiones ya no fueron tan demandadas; y acudir a la iglesia de Santa María de Sión.

Allí, antes de entrar, entregaba a modo de ofrenda un cuenco de barro con la comida que serviría ese día, cuando abriera el comedor. Abellese, con humildad, pedía a los santos y al abuna[i] Mateo X por el buen desarrollo de su hijo, porque no cayera en peleas con sus vecinos y compañeros de escuela, porque terminara el rechazo hacia su familia, por el mantenimiento del comedor, por el bienestar del alma de su marido… Finalizaba su rezo disculpándose por tanta demanda y, en compensación, recitaba otro sinfín de agradecimientos: por la salud de Eshetu, por su obediencia, por su alegría, por su color descafeinado y su pelo fosco y abundante (recuerdo de su padre), por la fidelidad de los clientes que acudían al comedor, o por sus escasas pero firmes amistades en Aksum, gracias a las cuáles no había emigrado.

Eshetu acompañaba a su madre a la iglesia y ayudaba en todos sus quehaceres después de salir de la escuela. Aprendió de ella no sólo a seleccionar los granos de café maduros, también a cocinar, a preparar infusiones para los clientes del comedor y a cantar en ge’ez[ii] algunas canciones litúrgicas de la procesión del tabot[iii], en la celebración de la Epifanía.

Dentro de la habitación de adobe que servía como escuela, compartía banco y lapicero con quienes fueron sus mejores amigos de la infancia. Lo del lapicero fue idea del maestro, quien decidió que los niños con menos recursos económicos se sentaran por tríos en el mismo banco y compraran uno o dos lapiceros a utilizar entre los tres. A Eshetu le correspondió sentarse entre Tadeos, un chico tres años mayor que él, y Kiddistu, una niña de su misma edad. Gracias a los lapiceros, trabaron una  gran amistad.

Pasada la festividad de Año Nuevo, Eshetu les invitaba a cosechar café en los “cafetos de Makeda”. Entre juegos y bromas, durante unas semanas los tres niños se ocupaban de recoger las cerezas coloradas en cestas de mimbre tejidas por Abellese. Eshetu y Kiddistu opinaban que Tadeos debía recoger los granos metiendo su prominente nariz arábiga en el arbusto y aspirando. Con el viento producido, las cerezas maduras se soltarían fácilmente de las ramas. A Tadeos no le hacía gracia la broma, así que aprovechaba las costumbres de Kiddistu para devolverla. En algún momento del juego o de lo que anduvieran haciendo, la muchacha se excusaba:

-¡Mi oración de la tarde! Luego vengo…- Entonces se alejaba de las ruinas a un lugar más abierto, lavaba sus manos con tierra seca, buscaba orientación en el horizonte, se arrodillaba y comenzaba a orar en voz baja, moviendo ocasionalmente el cuerpo y los brazos arriba y abajo. A su vuelta, Tadeos le comentaba que aprovecharía más la oración si se llevara las cestas de cerezas de café y, mientras se encontraba de rodillas, extendiera éstas sobre el suelo para que se fueran secando.

– Llevándote una cesta de cerezas cada vez que te alejas a rezar – añadía Eshetu — con tus cinco rezos diarios ¡todo mi café se podría secar en tres jornadas!

Kiddistu no se quedaba atrás en su respuesta:

– Y si tú no preparases la injera con tanta guindilla, Tadeos no se guardaría de tu aliento cuando le hablas. Aunque da igual si te alejas dos pasos o cuatro, Tadeos: con esa nariz debes oler a Eshetu desde casa. Además, ¿qué se puede esperar de dos chicos que se cortan la piel del pito en obediencia a su dios?

Sí. Mi padre y su amigo estaban circuncidados, como era preceptivo para los cristianos ortodoxos coptos. ¿A que están buenas las albóndigas? Fue el primer plato que mi padre aprendió de mi abuela. Años después descubriría que, acompañadas por un té frío espolvoreado con canela y cilantro picado saben todavía mejor, por el contraste de temperaturas y sabores. Te sirvo uno mientras sigo contándote cómo la guindilla desapareció de la receta.

El caso es que, pese a las bromas, los tres niños se llevaban estupendamente. Aprendieron a no discutir sobre quién era más poderoso, si Dios o Alá, al fin y al cabo, “ambas divinidades se habían unido al comprar lapiceros para la escuela”, como les hizo ver Ismail, el anciano tío suní de Kiddistu. Ella, los domingos acompañaba a los chicos hasta las puertas de la iglesia de Santa María y ellos, cuando jugaban entre los cafetos, avisaban rápidamente a la muchacha al oír la llamada del imán de Aksum convocando a la oración desde el minarete.

El tiempo fue pasando, los niños creciendo y Eshetu ganando responsabilidades en el comedor. Un día, tendría mi padre unos diecisiete años, se encontraba cocinando, cuando se presentaron Kiddistu y Tadeos, éste con la cara más pálida que la cruz del Abba Selama[iv].

– Mi padre me va a casar- anunció la muchacha. Eshetu soltó el cuchillo y  la guindilla que estaba a punto de picar. Pensó que era otra broma, pero la deprimida expresión en la cara de Tadeos reflejaba lo contrario.

Quedó invadido por tal tristeza, me contó, que no recordó las posteriores explicaciones sobre la edad del pretendiente, su profesión y ciudad de origen pues, para colmo, no era de Aksum. De hecho, quería casarse con ella y llevarla de peregrinación hacia La Meca aprovechando una caravana que pronto pasaría por la ciudad. “De aquel día”, me dijo, “sólo recuerdo que Tadeos y yo pasamos la tarde odiando las caravanas, y que el menú del comedor consistió en insípidas albóndigas de cordero. Ninguna llevó guindilla.”

Salvando las distancias, porque yo no estaba enamorado, claro… a mis hermanos y a mí nos pasó algo parecido con los hijos de Tadeos. Crecimos juntos gracias a la excelente relación que mantuvieron nuestros padres durante toda su vida. Íbamos en pandilla en el barrio, hubo noviazgos ¡y hasta matrimonios!… Cierta tarde, entradas las lluvias y embarradas las calles de Aksum, los hijos mayores de Tadeos se presentaron en casa vestidos con sus mejores ropas y cargados de regalos. Eran para nosotros, en agradecimiento y recuerdo de nuestra amistad.

– ¿Cómo que ‘en recuerdo’?- les preguntamos.

– Hace diez años se presentaron ante mi padre Tadeos – explicó el primogénito- dos occidentales con un pequeño gorro oscuro sobre sus cabezas. Decían venir en nombre del rabino Ovadia Yosef, de Israel, y querían estudiar los orígenes de algunas familias de Aksum. Nos preguntaron por nuestros antepasados y por nuestra religión. Parecieron contrariados cuando les dijimos que éramos cristianos. También tomaron medidas de nuestros rasgos faciales, principalmente de la nariz y del mentón. Tras deliberarlo largo tiempo, concluyeron que podíamos ser falashas, descendientes de alguna tribu judía o que adoptó el judaísmo. Nos olvidamos de ellos. Sin embargo, hace una semana volvieron otros israelíes preguntando por nuestra familia. Nos hablaron de la posibilidad de emigrar todos a Israel. Su gobierno se ocupará de nuestras necesidades, pero el primer paso debemos darlo nosotros: cruzar la frontera con Sudán y esperar en un campamento a ser trasladados, junto a más falashas. En casa lo hemos discutido mucho. Las lluvias son escasas estos años; hay sequía y hambre, los niños enferman… Venimos a despedirnos.

Fue un bombazo. Con su marcha, yo perdería a dos hermanas. Espero que Wende las encuentre y nos traiga noticias… ¿Te he hablado de mi hermano Wende? ¿No? Espera, te preparo una limonada y en seguida te cuento…

 


[i] Obispo de la iglesia ortodoxa etíope.

[ii] Lenguaje semítico empleado en la liturgia religiosa

[iii] Réplica de las Tablas de la Ley, sobre las que Moisés escribió los Diez Mandamientos dictados por Dios en el monte Sinaí.

[iv]  San Frumencio, introductor del cristianismo en Etiopía.

 

Texto de Ricardo Sanz e imagen de greatwaywellness.com

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